No todo límite es control. No todo cuidado estricto es abuso. En el mundo de los adultos mayores que viven con demencia, alzhéimer u otras alteraciones cognitivas, es fundamental entender que muchas decisiones deben tomarse por ellos, porque ya no pueden tomarlas por sí mismos.

En estos casos, el “no lo deje salir solo”, el “yo decido qué come” o el “mejor no maneje más” no son formas de maltrato psicológico, sino actos responsables de protección. Negarse a permitir ciertas libertades cuando existe riesgo real no es quitar dignidad, es preservar vida. Y eso hay que decirlo con claridad, porque en una época en que todo debe respetarse, también es importante hablar de los límites que cuidan.

La diferencia está en el contexto y en la intención. En las personas con demencia, muchas funciones cognitivas se ven comprometidas: memoria, juicio, orientación. Lo que para ellos parece lógico, puede no serlo. Insistir en vivir solos, manejar, firmar documentos o cocinar sin supervisión puede implicar peligros que no alcanzan a comprender.

Aquí, el deber ético de la familia o el cuidador es actuar con firmeza y ternura. No imponer por comodidad, sino decidir con base en evidencia y acompañar con empatía. No infantilizar, pero sí asumir la realidad de que hay funciones perdidas. Y sobre todo, evitar el error común de asumir que porque ya no recuerdan, ya no sienten. El adulto mayor con demencia puede no recordar lo que comió, pero sí percibe el tono con el que se le habla, la paciencia con la que se le trata, la dignidad con la que se le acompaña.

En estos casos, no hay abuso cuando hay amor, claridad de propósito y respeto por lo que esa persona aún es. El cuidado ético y compasivo también implica tomar decisiones difíciles, pero hacerlo desde la comprensión, no desde el poder.

Porque incluso cuando la mente se apaga, el alma sigue presente. Y en la demencia, más que nunca, cuidar es amar sin condiciones… aunque el otro ya no pueda decirlo con palabras.

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