Durante años, muchas personas mayores han sido vistas —y tratadas— como referentes morales, pilares de la familia, ejemplos de fortaleza, sabiduría y resiliencia. Han tenido que mantenerse en pie, incluso cuando por dentro estaban rotos. Han debido sonreír, cuando lo que querían era llorar. Han sido “modelos a seguir”, incluso cuando lo único que deseaban era descansar.

Pero llega un momento en que eso cansa. No físicamente, sino emocionalmente. Y es entonces cuando algunos adultos mayores se atreven a decir, o al menos a pensar: “ya no quiero ser ejemplo de nada”. No por egoísmo, ni por indiferencia. Sino porque, después de décadas de entrega, sienten el derecho legítimo de bajar los brazos, de dejar de sostener a todos, de no tener que fingir fortaleza cuando la vida ya les pesa.

Este cansancio no siempre se entiende. La familia muchas veces insiste en colocarlos en el pedestal: “usted es el alma de esta casa”, “usted nos tiene que seguir dando ánimo”, “si usted se cae, nos caemos todos”. Y aunque esas frases suenan como halago, también son una carga. Porque obligan a seguir actuando cuando el cuerpo y el alma ya piden silencio.

Hay adultos mayores que no quieren seguir siendo ejemplo. Quieren ser ellos mismos. Quieren que los vean no por lo que representan, sino por lo que sienten. Quieren poder estar tristes sin decepcionar a nadie, poder decir “hoy no tengo ganas” sin que eso parezca una amenaza. Quieren simplemente vivir… sin el peso de tener que inspirar.

Respetar ese deseo es fundamental. Porque el valor de una persona no está en su utilidad ni en su capacidad de motivar a los demás. Está en su humanidad. Y dentro de esa humanidad también habita el derecho a estar cansado, a no ser fuerte, a no sonreír todo el tiempo.

A veces, lo más admirable que puede hacer un adulto mayor es dejar de ser ejemplo… y simplemente ser.

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