El hogar, ese espacio que durante décadas fue símbolo de pertenencia, familia y protección, puede transformarse con el paso del tiempo en algo muy distinto para el adulto mayor. Lo que antes se llamaba «mi casa» puede convertirse, poco a poco, en un lugar de encierro emocional, de silencio acumulado, de espera sin fin. ¿Qué determina esa transición? ¿Por qué, para algunos, el hogar sigue siendo refugio… y para otros, se convierte en una prisión?

Mucho tiene que ver con la relación entre autonomía y compañía. Cuando el adulto mayor puede seguir tomando decisiones sobre su vida diaria, moverse a su ritmo, recibir visitas, hacer cambios en su espacio, el hogar se siente propio. Aunque esté solo, hay libertad. Pero cuando esas decisiones le son arrebatadas —por sobreprotección, negligencia o indiferencia—, el mismo lugar se torna ajeno. Ya no se vive, se sobrevive.

También influyen las dinámicas familiares. En muchos casos, el adulto mayor termina viviendo en casa de algún hijo o hija, no por elección, sino por necesidad. Y aunque haya afecto, las reglas cambian. Ya no puede opinar con libertad, ni organizar el espacio como solía hacerlo. Todo gira en torno al funcionamiento del hogar ajeno. Y esa sensación de “estar de más”, aunque no se diga, pesa como una sombra.

Incluso quienes viven solos pueden sentirse atrapados. No por la casa, sino por la rutina, el miedo a salir, la falta de opciones. Cuando no hay visitas, ni proyectos, ni motivos para cruzar la puerta, el hogar se convierte en un mundo demasiado pequeño. Y ahí es cuando se transforma en prisión: no por los muros, sino por la ausencia de horizontes.

Por eso, más que juzgar la decisión de “quedarse en casa”, es vital preguntarse si ese hogar sigue siendo refugio o si, en silencio, se volvió encierro. Porque no se trata solo de dónde se vive, sino de cómo se vive ahí.

Un hogar digno para el adulto mayor no es solo techo. Es respeto, participación, libertad y calor humano. Lo demás son paredes.

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