En una época en que todo se acelera y las palabras abundan, hay algo que escasea cada vez más: el contacto humano. Y para muchas personas adultas mayores, esa ausencia de tacto es más dolorosa que cualquier achaque físico. Porque no se trata solo de compañía, sino de presencia real. De piel, de calor, de vínculo.
Un abrazo, una mano que se extiende, un roce en el hombro… esos gestos simples tienen un valor incalculable cuando el cuerpo envejece y la vida se vuelve más introspectiva. El tacto, a esa edad, no es solo afecto: es afirmación. Es decirle al otro “aún estás aquí”, “aún importás”, “aún sos digno de ternura”.
Muchos adultos mayores pasan días —a veces semanas— sin que nadie los abrace. Algunos viven solos, otros están rodeados de familia pero carecen de contacto físico. Y no por frialdad, sino porque a veces se da por sentado que ya no lo necesitan. Como si el afecto fuera solo para los jóvenes o los enfermos. Pero un adulto mayor también extraña el abrazo de un hijo, el apretón de manos de un amigo, la caricia espontánea de un nieto.
Está demostrado que el tacto reduce la ansiedad, mejora el estado de ánimo, regula la presión y, sobre todo, rompe la sensación de aislamiento. Pero más allá de la ciencia, lo cierto es que el cuerpo guarda memoria de los afectos. Y en la vejez, esa memoria se activa con cada gesto sincero, con cada contacto que dice: “no estás solo”.
El valor del tacto no está en su duración, sino en su autenticidad. No hace falta abrazar fuerte, ni con frecuencia excesiva. Basta con que no falte. Basta con que no se olvide que, aunque el cuerpo cambie, el alma sigue necesitando cercanía.
Porque hay dolores que no se curan con palabras, pero sí se alivian con un abrazo. Y hay días difíciles que se transforman por el simple acto de sentirse tocado no por compasión, sino por amor genuino.
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