El tiempo corre a gran velocidad, obsesionado con la inmediatez, lo joven y lo nuevo, pocas veces se detiene uno a valorar la riqueza silenciosa que habita en nuestros abuelos. Hoy, más que una fecha simbólica, el Día de los Abuelos debería ser una oportunidad para reconocer el tesoro que representan: no como figuras del pasado, sino como presencias vivas que aún tienen mucho que decir, mucho que enseñar y mucho que amar.
Ellos no aparecen en las campañas publicitarias, no marcan tendencias en redes ni tienen voz en los grandes debates sociales. Pero son memoria encarnada, historia viva, testigos de épocas que no caben en los libros. Sus arrugas no son signo de debilidad, sino líneas de batalla ganadas, surcos de amor sembrado, de trabajo incansable, de fe transmitida con gestos más que con discursos.
Muchos de ellos, en silencio, han sostenido familias rotas, han criado nietos con ternura, han compartido el pan escaso con generosidad, han repetido consejos que solo con los años aprendemos a valorar. ¿Cuántas veces sus oraciones han sostenido lo que parecía derrumbarse? ¿Cuántas veces han sido el único abrazo seguro cuando todo lo demás fallaba?
Y sin embargo, también es cierto que viven una realidad a veces marcada por la soledad, el olvido o el desdén. Como si ya hubieran cumplido su papel y debieran limitarse a esperar en silencio. Nada más injusto. Los abuelos no sobran, nunca sobran. Son el alma lenta en medio del ruido. Son el consejo oportuno cuando se apagan las pantallas. Son la mirada que bendice sin exigir nada.
Hoy, celebrarlos no debe ser un gesto de lástima ni un formalismo. Celebrarlos debe ser un acto de justicia. Escucharlos, acompañarlos, devolverles el tiempo que tantas veces nos regalaron. Agradecer no solo con palabras, sino con presencia, con memoria, con cariño.
Porque si la vida es un árbol, los abuelos son la raíz profunda que no se ve, pero sin la cual nada se sostiene. Son el corazón que late con una ternura que no envejece.
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