Cuando se piensa en el adulto mayor, la imagen que usualmente surge es la de alguien que necesita cuidados. Sin embargo, en muchas familias, la realidad es completamente opuesta: miles de personas mayores son quienes cargan con la responsabilidad de cuidar a otros. Nietos, parejas enfermas, hijos adultos con discapacidades o incluso vecinos… el adulto mayor se convierte, muchas veces en silencio, en el último pilar funcional de su entorno.
Lo que en principio puede parecer un acto de amor o compromiso familiar, en muchos casos es el resultado de una falta de red de apoyo, abandono institucional o una carga no compartida. El problema no es que un adulto mayor cuide, sino que lo haga sin respaldo, sin descanso y, sobre todo, sin que se reconozca su esfuerzo.
Cuidar desgasta: emocional, física y económicamente. Las personas mayores que ejercen este rol tienden a descuidar su propia salud, omiten consultas médicas, postergan tratamientos y pierden sus espacios de descanso o recreación. Peor aún, en muchas ocasiones, su rol es invisibilizado, como si fuera su obligación “porque siempre ha sido así”.
Esta situación también desvela una falta de sensibilidad por parte de las instituciones y de la sociedad, que asume que la familia resolverá todo. El Estado se retira, la comunidad no interviene y el círculo más cercano, muchas veces, se desentiende. Así, el adulto mayor se convierte en el sostén de realidades que lo superan, mientras carga con su propio envejecimiento.
Es urgente reconocer que los adultos mayores también necesitan ser cuidados, incluso cuando aún pueden sostener a otros. Cuidar no debería significar olvidarse de uno mismo. Y cuando ese rol se vuelve crónico, exige acompañamiento, apoyo psicológico, acceso a servicios de respiro y, sobre todo, reconocimiento.
El cuidador mayor no es un héroe por elección. Muchas veces lo es por falta de alternativas. Y ahí, más que aplausos, necesita que alguien lo vea, lo escuche y lo ayude.
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