Hay formas de maltrato que no dejan moretones, pero sí cicatrices profundas. En la vida de muchos adultos mayores, el abuso psicológico se disfraza con frecuencia de “cuidado” o “protección”. Se presenta con voz dulce, con gestos amables, pero lleva por dentro una lógica asfixiante: la del control disfrazado de afecto.
Todo comienza con frases que parecen inocentes: “No es necesario que se preocupe por eso”, “mejor no salga, por su seguridad”, “usted ya no tiene por qué decidir esas cosas”. Poco a poco, al adulto mayor se le restringen decisiones, movimientos, rutinas. Ya no escoge qué ropa ponerse, ni qué comer, ni a quién visitar. Su autonomía se reduce hasta convertirse en una rutina impuesta bajo el argumento de que es “por su bien”.
Este tipo de control no siempre proviene de la maldad, sino de una visión errada del cuidado. Se confunde el amor con la imposición, la preocupación con la vigilancia. Y cuando alguien cuestiona, la respuesta es rápida: “es que si no lo controlo, algo le puede pasar”. Lo que no se dice es que ese “algo” suele ser simplemente que la persona mayor viva como desea.
El problema es que, cuando el control se instala como norma, el adulto mayor empieza a internalizar esa supuesta incapacidad. Se siente menos, se vuelve dependiente por obligación y, muchas veces, termina creyendo que efectivamente ya no sirve, ya no puede, ya no debe decidir.
Y ahí es donde el daño psicológico es más profundo. Porque no se ve desde afuera, pero sí se siente por dentro: frustración, tristeza, pérdida de identidad. No se grita, no se denuncia, pero se arrastra cada día como una forma sutil de resignación.
Cuidar no es quitarle la voz a quien envejece. Es acompañar sin imponer, asistir sin anular. El verdadero amor no controla: empodera. La protección que encierra, que infantiliza o que silencia, no es cuidado… es una forma de violencia que se disfraza demasiado bien.
Reconocerla es el primer paso. Cambiarla, una urgencia que no puede seguir postergándose.
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