El humor puede ser una herramienta poderosa para aligerar cargas, tender puentes y encontrar alivio en medio de lo difícil. Pero también puede ser un arma que lastima. En el caso de la vejez, los chistes, bromas y caricaturas que giran en torno a la edad avanzada se repiten tanto que muchos ya ni los cuestionan. Se normaliza la burla, se tolera la ridiculización, y se ignora que, tras cada risa fácil, hay una realidad que se degrada.

“Se le olvidó, ya está viejo”, “¡No se le puede decir nada, ya está sordo!”, “Abuelita, ¿y ese bastón para pegar o para caminar?”. Son frases que se lanzan al aire entre carcajadas… pero que cargan un subtexto hiriente. Porque no apuntan al hecho gracioso, sino a la condición de quien envejece. Lo reducen a una caricatura de torpeza, lentitud o desconexión.

Y lo más delicado es que muchas veces ese humor viene desde la propia familia. Nietos que hacen TikToks con sus abuelos como objeto de risa, hijos que imitan sus olvidos, cuidadores que los exponen con frases burlonas “para alegrar el momento”. Como si envejecer fuera una categoría graciosa por sí misma, y no un proceso humano que merece respeto.

Esto no significa que el adulto mayor no tenga sentido del humor. Al contrario: muchos ríen de sí mismos con sabiduría. Pero hay una diferencia abismal entre reír con ellos y reír de ellos. Entre compartir una broma con complicidad y usar su condición como excusa para burlarse.

La risa que denigra no es alivio, es falta de empatía. Y el humor que incomoda no libera: empobrece. La vejez no necesita pedestal, pero tampoco merece burla. Lo que hace gracia cuando se repite sin conciencia, se transforma en desprecio disfrazado de chiste.

Envejecer no debería ser motivo de risa ajena, sino de reconocimiento. Porque quienes llegaron a la vejez ya vivieron bastante como para merecer respeto… incluso cuando nos hacen sonreír.

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