Durante décadas, muchas personas han sostenido su vida sobre un pilar firme: la fe. Una fe que les dio sentido, esperanza, consuelo en los momentos difíciles y dirección cuando todo parecía desordenado. Sin embargo, al llegar a la vejez, no son pocos los que, en silencio, empiezan a cuestionarse aquello que habían creído sin dudar. No lo gritan, no lo escriben, pero lo sienten: su fe ya no se siente igual.

Este debilitamiento no siempre es producto del escepticismo intelectual, sino del desgaste emocional. Tras pérdidas sucesivas, enfermedades prolongadas, injusticias familiares o decepciones personales, el adulto mayor puede comenzar a preguntarse por qué Dios calla, por qué no intervino, por qué permite tanto dolor. Y ese cuestionamiento, lejos de alejarlo de la espiritualidad, a menudo lo hunde más en una soledad no confesada.

Muchos no se atreven a hablarlo. Tienen miedo de ser juzgados, de parecer débiles o ingratos. Pero la verdad es que incluso la fe más profunda puede tambalear cuando la vida golpea sin tregua. Sentir que uno ha sido fiel, creyente, servidor… y aun así cargar con tantos vacíos, puede abrir grietas en el alma.

No se trata de una pérdida total de fe. A veces, es solo un cambio de forma. Ya no se ora con entusiasmo, pero sí con necesidad. Ya no se canta, pero se susurra. Ya no se asiste al templo, pero se mira al cielo con el mismo anhelo de siempre. La fe no desaparece; se transforma. Y si se le permite hacerlo sin miedo ni culpa, puede resurgir con más profundidad, aunque menos ruido.

Acompañar esta etapa implica no imponer respuestas, sino permitir preguntas. Escuchar sin corregir. Validar el derecho a dudar. Porque la fe verdadera también se pone a prueba, y no siempre gana en silencio. A veces, lo más espiritual que puede hacerse es llorar en paz… y confiar en que esa lágrima también es oración.

La vejez no es el fin de la fe, sino tal vez su examen más sincero.

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