Pocas veces se asocia la vejez con libertad. Se habla más de limitaciones que de elecciones, de pérdidas que de conquistas. Sin embargo, para muchos adultos mayores, los años traen consigo una forma de libertad que no conocieron en ninguna otra etapa de su vida. Una libertad que no grita, pero que se instala con firmeza y serenidad.
No se trata de poder hacer todo, sino de no tener que hacerlo todo. De ya no vivir para complacer expectativas ajenas ni para cumplir con los deberes que alguna vez impuso la vida familiar, laboral o social. Llega un momento en que el adulto mayor deja de preocuparse por “el qué dirán” y comienza, al fin, a vivir como quiere.
Hay quienes descubren este nuevo territorio al decidir qué amistades conservar y cuáles ya no necesitan. Otros se atreven a hablar con mayor claridad, a decir lo que piensan sin rodeos, sin miedo. Algunos comienzan a vestirse como les gusta, a comer lo que desean, a dormir cuando el cuerpo lo pide y no cuando lo dicta el reloj. Otros, incluso, se permiten volver a enamorarse, a aprender algo nuevo, o a decir “no” sin culpa.
Esta libertad tardía no es rebeldía. Es una forma de autenticidad que solo la experiencia permite. Se ha vivido lo suficiente como para saber que la vida es corta, y que no vale la pena cargar con lo que ya no hace bien. Es una libertad sin estridencias, sin espectáculo. Una libertad de silencios escogidos, de pausas sabias, de renuncias elegidas.
Pero no todos la encuentran. A veces, las condiciones materiales, la salud o el entorno limitan esta vivencia. Aun así, muchos adultos mayores logran, dentro de sus posibilidades, ejercer pequeñas libertades que los dignifican: decidir qué ver, a quién escuchar, qué recuerdos conservar y qué dolores dejar atrás.
La sociedad suele hablar de la vejez como una etapa de dependencia. Pero para muchos, es el momento en que se sienten, por fin, dueños de sí mismos. Porque hay una forma de libertad que solo se alcanza cuando ya no se compite, no se corre, no se aparenta… solo se vive.
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