A cierta edad, las preguntas cambian. Ya no se trata de qué quiero ser cuando sea grande, sino de qué hice con lo que soñé. Muchos adultos mayores conviven en silencio con un inventario de ilusiones que no se concretaron: un viaje que nunca ocurrió, una vocación postergada, un amor que no prosperó, un libro que no se escribió. Sueños que acompañaron décadas y que, por distintas razones, se quedaron a medio camino.
No es fácil enfrentar esa parte del alma donde habitan los “hubiera”. La sociedad insiste en valorar solo lo logrado, lo visible, lo que puede contarse como éxito. Pero pocas veces se habla del duelo que provoca dejar ir un sueño, del vacío que queda cuando el cuerpo ya no puede, cuando el tiempo no alcanza o cuando las circunstancias cambiaron sin pedir permiso.
Sin embargo, vivir con sueños no cumplidos no significa haber fracasado. Significa, ante todo, haber tenido la capacidad de desear. Y eso, en sí mismo, es un signo de vida. Lo importante es qué se hace con esa nostalgia: si se convierte en carga o en semilla.
Algunos sueños pueden reformularse. Tal vez no se llegó a ser pianista, pero aún se puede tocar algunas melodías. No se escribió la novela, pero sí se pueden contar historias a los nietos. No se viajó al extranjero, pero se puede explorar el propio barrio con otros ojos. A veces no se trata de cumplir el sueño en su forma ideal, sino de rescatar su esencia.
Y para los sueños que ya no pueden realizarse, también hay camino. Se pueden honrar. Se les puede escribir una carta de despedida. Se puede hablar de ellos con gratitud por haber sido parte del impulso que nos mantuvo de pie tantos años.
Porque un sueño no cumplido no tiene por qué ser una herida abierta. Puede ser, más bien, un recordatorio de que estuvimos vivos, de que fuimos capaces de imaginar algo distinto, y de que aún en la renuncia hay belleza.
Los sueños que no se logran también forman parte de nuestra historia. Y con ellos, también podemos hacer paz.
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