La palabra «soledad» provoca reacciones dispares. Para algunos, evoca calma y libertad; para otros, abandono y tristeza. En la vida del adulto mayor, esta ambivalencia se vuelve especialmente significativa. Porque no toda soledad es impuesta, ni toda compañía garantiza bienestar. La clave está en distinguir cuándo se trata de una elección serena… y cuándo de una condena silenciosa.

Hay adultos mayores que eligen vivir solos, y lo hacen con convicción. Después de años de trabajo, crianza, sacrificios y deberes, encuentran en la soledad un espacio propio. Nadie interrumpe, nadie exige. Pueden dormir cuando quieren, comer lo que desean, escuchar sus propios pensamientos. Esa soledad no duele: libera.

Pero existe otro rostro, más amargo y frecuente. La soledad no elegida. Esa que aparece cuando los hijos ya no llaman, cuando los amigos se han ido, cuando la casa se siente demasiado grande y el silencio pesa más que el ruido. Es una soledad que no se pidió, pero que llegó. Y, a veces, se disfraza de independencia para no molestar.

Lo más peligroso es que ambas soledades pueden confundirse desde afuera. A veces se dice: “le gusta estar solo”, cuando en realidad la persona se ha resignado a estarlo. O se afirma: “prefiere la tranquilidad”, cuando lo que desea es que alguien toque su puerta, aunque sea solo para preguntar cómo amaneció.

Por eso, es vital escuchar más allá de las palabras. La soledad elegida se acompaña con orgullo. La impuesta, con una sonrisa educada y ojos que se bajan. Detectar la diferencia requiere sensibilidad, empatía y tiempo.

Como sociedad, tenemos la responsabilidad de no asumir, sino preguntar. De no suponer, sino acompañar. Porque la verdadera dignidad de la vejez no está en rodearla de gente, sino en asegurar que quien elija estar solo, lo haga en paz… y que quien no lo desee, no lo padezca.

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