Hablar de violencia hacia las personas mayores es tocar una herida abierta que pocos quieren ver. A diferencia del maltrato infantil o de género, que hoy reciben mayor visibilidad, el abuso hacia los adultos mayores sigue oculto, disimulado, minimizado por la sociedad y, muchas veces, callado por las propias víctimas.

El maltrato no siempre implica golpes físicos; a menudo es más sutil y silencioso. Es la negligencia de quien debería cuidar y no lo hace, la indiferencia familiar que deja al anciano en soledad extrema, o el maltrato psicológico disfrazado de protección. Es, incluso, el abuso financiero por parte de familiares cercanos, quienes administran maliciosamente los recursos de una persona mayor, dejándola vulnerable y dependiente.

Una razón por la que este tipo de violencia permanece oculta es la normalización del desprecio hacia la vejez. La sociedad asume que ciertos comportamientos, aunque duelan, son normales en la dinámica familiar: el grito cotidiano, la burla por olvidar algo, la impaciencia constante. Frases hirientes se disfrazan como simples bromas, y los malos tratos se justifican bajo la excusa del cansancio o la sobrecarga del cuidador.

La víctima, por su parte, calla por miedo, vergüenza o dependencia emocional y económica. En muchos casos, el adulto mayor teme denunciar porque quien lo agrede es también quien lo cuida o la única persona con quien tiene contacto. Esta mezcla perversa entre amor, dependencia y maltrato genera una realidad oscura que pocos se atreven a denunciar.

Las instituciones también fallan. Faltan leyes claras que protejan específicamente a los adultos mayores, así como canales efectivos para denunciar estos abusos. Los sistemas sociales y judiciales están mal preparados para entender y enfrentar estas situaciones, lo que incrementa la impunidad y perpetúa la violencia.

Visibilizar este maltrato es el primer paso. Es necesario educar a la sociedad sobre las diversas formas de abuso hacia las personas mayores y fomentar una cultura de respeto profundo hacia ellos. El maltrato no es «cosa de familia», no es un asunto privado, ni mucho menos algo inevitable.

Los adultos mayores no deben ser vistos solo como vulnerables o dependientes, sino como personas dignas que merecen respeto pleno, justicia y protección. Porque si algo no se denuncia ni se enfrenta, nunca podrá cambiarse. El silencio, en este caso, no es paz; es complicidad.

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